by MoonCake

Eran ya pasadas las 8 de la noche y Thomas, uno de los arqueólogos más famosos de Inglaterra en aquellos tiempos, le hacía fotos a la catedral con los últimos rayos del sol antes de ponerse. Thomas llevaba ahí tres horas, pero no predijo que se hiciera de noche tan temprano, y todavía no había hecho las mediciones apropiadas que le habían encargado, por lo que tendría que acampar ahí hasta el día siguiente. Thomas era un hombre no muy alto, pero fornido, rondaba entre los 27 , 30 años y su curiosidad era implacable, desde pequeño había mostrado un interés insano por los edificios y la historia europea, le fascinaban las historias medievales, las intrigas, las justas y las guerras. Casi cinco años después de graduarse, era la primera vez que visitaba una catedral tan prestigiosa como la de Monmouth, en sus tiempos, la catedral y el pueblo circundante rebozaban de vida -Los monjes, las monjas, los novicios, el prior, incluso algunos obispos y cardenales se habían hospedado en este lugar hacía ya más de seis siglos- Pensaba Thomas ensimismado, recordó entonces que el día anterior estaba leyendo la historia del antiquísimo edificio, pero de todo lo que había leído, lo que más le había llamado la atención fue precisamente el declive de la catedral. Según había leído, en el año 1339, la peste bubónica, o la peste negra, como le llamaban en la época, había arrasado con el pueblo; los miembros del priorato, cuenta la historia, que los monjes médicos y las monjas enfermeras al principio aceptaron a todos cuantos caían enfermos de la plaga para darle la mejor atención posible, pero, al no saber qué causaba la enfermedad ni como curarla, el priorato no tardó mucho en convertirse en un pequeño infierno. Ya no quedaba nadie para enterrar los cuerpos fallecidos, así que comenzaron a apilarlos en el patio del priorato. El hospital y la sala capitular de la catedral estaban llenos de personas moribundas, tanto campesinos y jornaleros, como hombres de armas e importantes mercaderes. El priorato ya había perdido a más de 30 miembros, pero el prior se mostraba reacio a cerrar las puertas y dejar de atender a la población. Un año después la situación no había cambiado mucho, los supervivientes de iglesias y parroquias aledañas se reunirían para ayudar con la labor de los monjes, habían perdido ya más de la mitad de su personal, pero gracias a las recientes adiciones, sobrepasaban los 139 miembros de la catedral. Con la muerte del prior, el suprior tomo el mando e ignorando la voluntad del anterior líder, expulsó a todos los enfermos de la catedral y cerró las puertas de esta. Pasaron años hasta que la plaga mermó y la próxima vez que se abrieron las puertas de la catedral no fue desde el interior, los constructores más hábiles tuvieron que echar abajo la gigante puerta de la catedral de Monmouth y nadie daba crédito a lo que había sucedido. No había ningún superviviente, la catedral era un revoltijo de cuerpos inertes, carne y excremento, el hedor de la podredumbre hacía imposible adentrarse en el recinto, a juzgar por el estado de los cadáveres habían estado por lo menos un año con una extrema escases de víveres. La escena no era nada del otro mundo, no era el único lugar donde había pasado algo similar, lo que lo hacía verdaderamente macabro era una monja que había sobrevivido, estaba llena de mordidas claramente humanas, arrodillada en el altar con el hábito cubriéndole la cabeza mientras rezaba; los voluntarios intentaron sacarla para purgar el lugar con fuego, pero la monja no se movió, todo lo que salía de sus labios era un tenue susurro que repetía una y otra vez:- Por qué?- Al final, la monja fue acusada de brujería y le prendieron fuego junto a la catedral. A Thomas, a pesar de no creerse la historia, le gustaba indagar para conocer hasta el último de los mitos de los lugares que visitaba.

Cuando cayó la noche, Thomas ya había colocado una bolsa de dormir y una lámpara en donde una vez había estado el confesionario de la catedral, a unos metros del altar y los grandes vidriales que se encontraban frente a este, donde había una cruz nueva de proporciones magistrales, que hacían juego con el resto de la catedral. No era la primera vez que Thomas se quedaba de noche en un lugar tan lúgubre y sombrío, pero sí era la única vez hasta entonces que estaba completamente solo. No tardó mucho en quedarse dormido debido al ajetreo que había vivido los días anteriores con las preparaciones para el viaje y cuando sus ojos se cerraban, le pareció oír un susurro, pero era ya demasiado tarde, se había quedado ya dormido. Thomas soñaba como de costumbre, los grandes éxitos que le deparaba el futuro, se veía a si mismo sumergido explorando los restos de la Atlántida como descubridor, las ciudades perdidas peruanas, los poderosos castillos europeos que alguna vez habían resguardado a condes, caballeros e incluso reyes y reinas, pero su sueño fue interrumpido por unos ruidos indescriptibles, se levantó de golpe y vio que no había nadie a su alrededor, eran las dos de la mañana según marcaba su reloj. Thomas era un hombre valiente y seguro de sí mismo, y estaba bastante seguro de lo que había escuchado; Agarró un machete que le había regalado su padre por si alguna vez tenía que ir a la selva y la lámpara y comenzó a recorrer la catedral

-Hay alguien ahí? – Gritó mientras apretaba el mango de su machete y movía la lámpara a los lados a medida que avanzaba. Estaba recorriendo el pasillo que conectaba la nave principal con el patio cuando vio de la nada como una sombra que no era la suya se proyectaba atrás de él y lo alcanzaba, el fenómeno duró justo lo suficiente para que Thomas se diera la vuelta alarmado y machete en mano, pero cuando miró, no había nada, ni nadie, ni siquiera una luz que explicara la sombra. Tragó en seco y se convenció a sí mismo que alguien le estaba jugando una broma

– ¡Quien quiera que seas, no es divertido! Sal a la luz y prometo no hacerte daño!- Pero nadie respondió, dio media vuelta y volvió sobre sus pasos hacia el lugar donde según él se había proyectado la bizarra sombra y al llegar a la nave principal no podía creer sus ojos; un hombre alto y viejo presidia una misa y la nave, que hace segundos estuviera completamente vacía de no ser por el saco de dormir de Thomas, estaba llena de bancos toscos de madera y de feligreses, estaban recitando el Padre Nuestro y Thomas avanzó por delante de los congregados pero era como si fuese invisible para ellos, nadie reparaba en su presencia, nadie, excepto una bellísima monja que se encontraba de pie en la entrada del pasillo al otro lado de la nave, lo mirada con actitud seductora, esbozaba una preciosa sonrisa mientras se acariciaba el corto pelo rubio. Thomas dudó por unos minutos mientras observaba la escena, entonces por fin respondió,

-Puedes verme? – Le dijo en voz baja a la monja para no molestar a los feligreses que estaban reunidos, pero esta no contestó, en vez de eso, se introdujo uno o dos metros en el pasillo y se quedó impávida dentro de las sombras mientras invitaba a Thomas a acercarse con su mano. Thomas no sabía ya que pensar, sabía que no era una broma, pero tampoco podía ser real, la única explicación sería que era un sueño, y no pensaba desaprovecharlo. Soltó el machete para no espantar a la monja y se acercó lentamente hasta estar frente a ella agarrándole la mano. La monja le coloco los dulces labios en el oído y le susurró en un tono casi imperceptible: – ¿Por Qué? – Thomas se alejó de golpe porque sentía que algo no estaba bien, cuando se dio la vuelta vio como la escena de hace segundos había cambiado radicalmente, los bancos estaban pegados a las paredes y el suelo estaba lleno de cadáveres, estaban llenos de llagas y soltaban sangre a intervalos de la boca y los ojos, Thomas no puedo aguantar el hedor a podredumbre, a sangre y a muerte que emanaba y comenzó a vomitar mientras retrocedía, viéndose incapaz de alcanzar la salida debido a los cuerpos amontonados decidió darse la vuelta otra vez para recorrer el pasillo y huir de una vez por todas. La monja ya no estaba ahí, y Thomas emprendió un paso apresurado para escapar de la catedral. A medio camino en el pasillo Thomas se vio inmovilizado, no podía mover sus piernas, como si estuvieran enterradas en la tierra, al bajar la vista vio como una veintena de manos estaba subiendo por sus piernas, la carne estaba descompuesta. Las que se agarraban a la pierna de Thomas con las uñas, provocando que el arqueólogo soltara gritos de dolor a diestra y siniestra mientras intentaba liberarse, pero era contraproductivo, mientras más lo intentaba, más fuerte se enterraban los dedos de las manos llenas de llagas, sangre y pus a su tren inferior, sentía como le atravesaban la piel y el músculo y lentamente le rasgaban los huesos. Thomas, estaba a punto de desmayarse cuando vio que la monja que le había hablado al oído se acercaba a él agraciadamente; A medida que se acercaba las manos retrocedían como si fueran una sombra siendo expulsada por la luz, cuando la monja llego a estar frente a él se detuvo y todos los brazos volvieron de donde habían salido. Thomas, con las piernas sangrado a borbotones era incapaz de mantenerse en pie y cayó arrodillado frente a su salvadora mientras le pedía que lo ayudase con la poca fuerza que le quedaba en su ser. El cuerpo de la monja dibujó un arco con la cintura y le acarició la cara a Thomas, acto seguido cerró los ojos y apretó los labios para besarlo apasionadamente y Thomas también los cerró y recibió el beso que para él era una bendición, hasta que comenzó a sentir como los carnosos y húmedos labios de la monja rápidamente perdían su forma y desaparecían en un amago de carne y dientes, cuando Thomas abrió los ojos alarmados vio como las facciones armoniosas de la mujer de Dios se habían transformado en una cara cuya piel amarilla podrida se caía con total naturalidad mientras esbozaba una sonrisa, le faltaban grandes cantidades de carne y tenía marcas de dientes en el cuello. Thomas se impulsó hacia atrás con sus manos y comenzó a arrastrarse mientras veía como a la monja le emanaba sangre de la boca y de las heridas mientras decía en voz ahogada: – Por Qué? – una y otra vez mientras se acercaba lentamente al moribundo hombre. Thomas continuó arrastrándose hasta que su mano se apoyó en una cabeza humana y se hundió completamente en esta, atrapado, Thomas sintió como perdía lentamente el conocimiento mientras que todos los cadáveres lo cubrían completamente.

A los dos días, las autoridades del pueblo más cercano, fueron a buscar a Thomas debido a una petición de su compañía, pero cuando llegaron a la catedral no dieron crédito de lo que encontraron, ningún hombre en su sano juicio lo haría. El cuerpo de Thomas estaba crucificado en la nueva cruz de la catedral, le faltaban los ojos y la lengua, así como la piel de todo el torso, la que había sido sustituida con numerosas marcas de mordidas, como si hubiera sido atacado por una manada de lobos increíblemente violentos. Nunca nadie pudo resolver el misterio de su muerte y, por tanto, decidieron cerrar la catedral de Monmouth, para siempre.

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