El Pacificador

El tabernero se pasó una mano por la frente con gesto exhausto; la noche era calurosa y la taberna “El Mono Tuerto” estaba hasta el tope de gente. Ciertamente hubiese querido no tener que trabajar en una noche como aquella, pero la alta concurrencia significaba prosperidad en el negocio, y el dinero nunca estaba de más. En solo una hora ya le habían vaciado dos toneles de buena cerveza negra, y los pedidos seguían sin cesar.

Llenando la jarra de turno, el buen hombre recorrió el salón con la vista. En una de las mesas, tres hombres fornidos bebían animadamente mientras se contaban, unos a otros, historias de dudosa veracidad. En un rincón apartado, dos viajeros misteriosos hablaban en voz baja mientras disimulaban sus rostros. A su lado, un hombre flaco y desgarbado se apoyaba en ambos codos mientras se cubría el rostro con las palmas de las manos, en evidente señal de desesperación. A cada instante alguien entraba o salía, aportando vida a la muchedumbre allí reunida. Y más allá de la multitud, al final de la barra, Górbel. El tabernero meneó compasivamente la cabeza. Aquel viejo, enano y rechoncho, se había tomado nada menos que seis jarras de cerveza, y en su ebriedad se había quedado dormido con la silla reclinada contra la pared de yeso. Un personaje ocurrente, querido por todos en el pueblo, y que nunca daba problemas.

No hizo el dueño del local más que volver la vista, cuando deseó de todo corazón que todos fueran como Górbel. Uno de los tres fanfarrones, en algún punto de la historia agitó el brazo que sostenía la jarra, y su espumoso contenido fue a caer sobre un viejo canoso y robusto, con aspecto de montañés. El habitante de las cumbres se volteó airado hacia el narrador que, golpeando la jarra contra la mesa, alcanzó el plato de estofado que tenía delante y mandó a volar un trozo hasta la cabeza de un soldado que tranquilamente fumaba de una pipa. Envueltos en la sombra de su rincón, los misteriosos viajeros parecieron desvanecerse en la oscuridad. En los instantes que siguieron, el apacible lugar se transformó en una zona de guerra, por cuyos aires se veían volar sillas, cubiertos, y hasta algún cliente de vez en cuando.

Consternado por la revuelta, el tabernero no se atrevía a interferir en el pleito, si bien sufría con cada vasija o mueble que se estampaba contra la pared. Tirándose de los cabellos que le quedaban volteó hacia el final de la barra y allí vio, con asombro, que el viejo Górbel no solo dormía, sino que roncaba sonora y plácidamente. Y entonces ocurrió el milagro.

Tomando un momento para respirar, los iniciadores de la trifulca se miraron cara a cara, y ya no pudieron parar de reír: el montañés tenía restos de salsa y carne en toda la barba, mientras que a su oponente le chorreaba cerveza del cabello, y por sobre el ojo hinchado. Tan ridículos se veían, que las carcajadas de ambos detuvieron a todos los que luchaban en ese momento. Luego, cada quien retornó a lo suyo, con frecuentes disculpas por el malentendido y brindis de cerveza.

El dueño suspiró aliviado, y si aún no se le pasaba el susto, se sentía agradecido de cuán pronto volvía a reinar la paz, y el poco destrozo que dejó la batalla. Poco a poco comenzaba a sosegarse, cuando los nervios se le crisparon con un ruido de maderos rotos y golpes provenientes del final de la barra.

Allí todos pudieron ver al viejo Górbel, erguido y tambaleante, con los ojos medio cerrados mientras gritaba con total desafuero que él solo acabaría con todos si no dejaban de pelear. Tenía un golpe en la cabeza, y con el brazo aún cubierto de yeso agitaba la pata rota de la silla que yacía a su lado.

El tabernero cruzó los brazos, y riendo a mandíbula batiente le dijo:

— ¡Ay, Górbel!

Y mientras el viejo miraba a todos con sorpresa, la carcajada general se pudo escuchar a dos calles de “El Mono Tuerto”.

 

Nick: Varmint
Edad: 31
Título: El pacificador
Provincia: Camagüey

3 thoughts on “El Pacificador

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