Capitulo 1

Capítulo 1: Una noche sin Luna

Rojizo el atardecer en la ciudad de Bloodnight, cuando en uno de sus recónditos barrios se destacaba los gritos de piedad de una voz juvenil y las amenazas de muerte a esta. Destruida por el tiempo, el poco cuidado y el desinterés, una sucia casa abrió sus viejas puertas dejando salir a una joven, luego del estruendo de una botella de ron rompiendo la empolvada ventana del frente. Un grito de hombre se oyó a lo lejos en el transcurso de la huida de la chica. Su carrera duró hasta el cansancio y mientras recuperaba el aliento caminando a la deriva, pensaba en la suerte que tendría si regresaba a esa morada. A pesar de lo pasado, de las marcas de golpes en todo su cuerpo, de no vestir más que harapos, la niña no había derramado una sola lágrima. Buscando un lugar que la acogiera sin cuestionarle quién era, visitó el cementerio de la ciudad.

Tenebroso, tan callado que ni el viento tenía voz en aquel lugar. Cada tumba más misteriosa que otra, con sus estatuas de ángeles que, en la oscuridad de la noche que caía, parecían demonios en busca de las almas que no les daba ese recinto. Los pocos árboles del lugar, más que belleza daban la impresión de querer devorarte con la penumbra que se extendía bajo sus tupidas ramas.

Encima de una de las tumbas, recostada a un epitafio, los negros ojos de la chica llovían poco a poco mientras miraba el cielo estrellado. Al estar absorta con la belleza de la luna, no se percató de que un par de maleantes se acercaban a ella con interés y un fuerte olor a alcohol.

-Mira lo que nos regalaron los muertos.-decía uno mientras el otro sacaba un cuchillo de su bolsillo.

Por instinto, ella trató de huir, pero el hombre del cuchillo la sujetó por la muñeca y la acostó bruscamente en el sepulcro. Sus intentos de gritar también fueron opacados con un pañuelo en la boca por el otro matón. Sin las más mínimas esperanzas de salir de aquel problema, ella cerró los ojos y se despidió de su vida cuando, tras sus agresores, un extraño hombre vestido de negro con un sombrero de ala larga los interrumpió.

-Suéltenla.-dijo el misterioso señor.

-Piérdete, solo estamos jugando.-contestó el del cuchillo sin llegar a ver su cara por la sombra que provocaba el sombrero.

-Lo diré una vez más, suéltenla, o si no morirán.

-Ja, ¿tú quién te crees que eres? ¡A mí nadie me dice qué hacer!-gritó el otro.

Tomando impulso, la niña vio el arma acercarse rápidamente y tal fue el susto que antes de que pasara algo, se desmayó. Estuvo un rato inconsciente, hasta que una voz fuerte pero lejana le decía que despertase. Al abrir los ojos, el señor que la había defendido estaba arrodillado frente a ella limpiando sus labios con un pañuelo rojo y los hombres que la trataron de matar, estaban tirados en el suelo, cubiertos de sangre y con grandes heridas en el cuello. “Les logró quitar el cuchillo y los degolló” pensó ella al verlo, pero él no parecía haberle tenido miedo a asesinar a alguien.

-Lo hice otra vez…-suspiró poniéndose de pie- Bueno, pequeña, por tu propio bien, te aconsejo que te vayas pronto.

-Pero…, no tengo a dónde ir.

-No importa, vete a donde sea, pero rápido, no quisiera tener que encargarme de otro cuerpo.

-Déjeme ir con usted, me salvó la vida y quiero pagarle de alguna forma.-lo seguía tomando la oscura manga tiernamente con la punta de los dedos.

-Niña, no sabes lo que dices, tú no conoces…

-¡No tengo nada más que a usted! Por favor, acépteme como… su sierva si es necesario, lo que sea, pero hágalo.

-Dime tu nombre, niña.-se volteó él mirándola seria y fijamente.

-Luna, mi nombre es Luna Roja. ¿Cuál es el suyo, señor?

-Albert Von Drácula, pero, desde ahora, tú me dirás Maestro.

Ese apellido resonaba en la mente de Luna como un vago recuerdo del cual se tenía que preocupar, o eso le parecía, pero no creyó importante seguir a sus pensamientos en ese momento. Albert se quitó el sombrero de forma grácil, dejando ver su blanca tez y mirada fría y penetrante que, por un momento, dio escalofríos a la niña. La tomó de la mano, y peinando los alborotados y negros cabellos de ella, la invitó a hacer un pacto.

-¿Luna Roja, prometes obedecer, defender y estar a disposición de tu Maestro por toda la eternidad?

Aunque esa última frase pareciera un poco fuera de lugar, respondió con altivez para demostrar verdadera seguridad en sus palabras.

-Lo prometo, Maestro.- y besó la fría mano de él con suavidad.

El hombre sonrió tétricamente y, al levantar la mirada, la niña casi muere del susto al ver los colmillos en el rostro de Albert, acompañados de un fuerte color amarillento en sus ojos.

-¡Eres un vampiro!-gritó con pánico.

-¿Qué esperabas? Si no fuera porque eres joven, ya hubieras muerto. Hueles demasiado bien y por eso no te quería desperdiciar con esos tipos, quería esperar a que crecieras un poco. Ahora estoy considerando seriamente en hacerte un vampiro más, así que agradécelo. Supongo que de algo servirás, ven, acércate.

Ella obedeció en silencio, con la cabeza baja y el corazón palpitante. Temblando, con voz trémula y dudando, habló bien bajito.

-¿Me dolerá?-lo miró fijamente con los ojitos mojados y reflejando en ellos la luz de la luna.

Haciendo una reverencia, agitando el sombrero, la tomó por la cintura y la acercó a él susurrándole al oído:

-Miedo, lo olvidarás con el tiempo. Tu palpitar, recuérdalo bien, será la última vez que lo escuches. Recordaré este olor tan delicioso por siempre. Luna, bésame como si se fuera tu vida en un beso, porque así será.

Colocando los labios cálidos y rojos sobre aquellos tan rígidos y helados cerraron el pacto. Sintiendo como su sangre hervía y poco a poco, dejaba de correr por sus venas, cayó al suelo tropezando su tobillo con el cuchillo, este le provocó una herida superficial, pero la sangre brotó y atrajo a los vampiros de alrededor. Ya cerca, quisieron desmedidamente el líquido vital de la chica, mas al ver a Albert se arrepintieron, apenas una “persona” se dignó a hablar.

-Albert, ¿quién es esa humana? ¿Puedes darme un poquito?-dijo una mujer de pelo corto y carismático hablar.

-Espero no haberme equivocado.-decía peinando sus largos cabellos- Antonio, llévala a un cuarto libre de la mansión, cuando despierte, dale de beber y que venga al salón principal. El resto de ustedes pueden irse, no tienen nada que buscar aquí. Ah, Joshua, si ese olor se expande, da la información de que está prohibido acercarse y deshazte de esos cuerpos.

Todos se retiraron, siguiendo las órdenes de Albert. Este se quedó solo en el cementerio acariciando su boca en recuerdo de ese candente beso y, aunque estuviera apagado hacía más de mil años, sintió deseos de tocar su pecho, como si su corazón estuviese palpitando.

“Ella tiene algo especial, pero ¿por qué me afecta algo tan irrelevante como el beso de una simple humana?” pensó Albert caminando por los callejones.

-Seguro que son tonterías de humanos.- se dijo y continuó su camino pensando en su siguiente cena.

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